APNEA

Piensas en los segundos que pasan… Sientes tu cuerpo ligero, pero lo único que retumba en tu cabeza es una cuenta atrás, y, como cuando estabas en el vientre de tu madre, la fría y larga columna de agua te presiona los tímpanos y la luz del sol se va atenuando hasta que todo se hace azul y vasto. Estás allí, has llegado donde la belleza del paisaje te hace olvidar la cuenta atrás que empezaste, (paisaje casi lunar si no fuera por esas maravillosas plantas marinas y vidas que flotan a tu alrededor).
Ya te queda sólo una opción: relajarte y aguantar un poco más… Sobre tu cabeza, 25 metros de infinito mar te separan de tu fuente de vida: otros 30 segundos nadando como un misil que viaja hacia la luna empujado por tus piernas que, como reactores, provocan el mismo remolino. Esta vez la arena y el agua sustituyen a las llamaradas, arena que detrás de ti vuelve a depositarse sin prisa cómo estaba antes, mientras que tú, ya a mitad de camino, te despides del que poco antes era oxígeno y ya inútil anhídrido… Mil burbujas te acarician el cuerpo y, como una inútil escolta, te acompañan hacia la superficie. Faltan pocos metros. Sientes una agobiante presión en tus pulmones. El diafragma empieza a fluctuar y el agua, arriba, ya hierve de gases venenosos. Y tú, buscando la calma, sigues la única trayectoria linear hacia la vida y cuentas otra vez: 5… 4… 3… 2… ya falta poco… 1…
Antes de que la luz del sol entre en tus ojos, por fin puedes rellenar tus pulmones con una explosión de oxígeno fresco que huele a mar: APNEA.

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